Un calor extremo nos estaba agotando por momentos. La sequía reinaba en toda la región y ya eran muchos meses sin llover. De seguir así muchos cultivos se echarían a perder y comenzarían las migraciones. Llevábamos ya más de 30 km buscando donde comer. En esta tierra inhóspita no hay mucho donde elegir, por lo que decidimos parar en el primer lugar que cumpliera unas condiciones mínimas para resguardarnos de las altas temperaturas. Entre tanta llanura y aridez, a lo lejos, divisamos un paraje que cumplía con creces nuestras expectativas. Parecía no pertenecer al paisaje cotidiano en el que nos manejábamos cada día. Frondosas plantas y arbustos, aromas delicados a hierbas, cortezas y brotes. Y en el centro, como un gran espejo, quieta, mansa y cristalina, una laguna que reflejaba en tonalidades esmeralda la vegetación que la rodeaba. No era un sueño, era real. Con cierta desconfianza y precaución buscamos nuestro mejor acomodo y comenzamos a comer y beber, en silencio y comunión,...